El Betis no se vende: la identidad no tiene cláusula de rescisión
El Real Betis Balompié jamás ha sido una cuestión de estadísticas, de balances contables ni de fríos asientos en una junta accionarial. El Betis es, ante todo, un estado del ánimo. Es una idiosincrasia única, una forma de entender la vida que se hereda de padres a hijos y que se respira en cada rincón de Heliópolis. El Betis se siente, se sufre, se celebra y se vive. Es ese «manquepierda» que no significa resignación, sino un orgullo inquebrantable por un escudo y unas barras verdiblancas que están por encima de cualquier resultado.

Sin embargo, da la sensación de que algo cruje en los cimientos de nuestra casa. Estamos corriendo el riesgo de cambiar el alma por la chequera.

Últimamente vemos cómo se abre la puerta de salida a chavales jóvenes, canteranos que llevan mamando el beticismo desde pequeños, niños que han crecido soñando con jugar en el Benito Villamarín y que sienten los colores como lo siente cualquiera de nosotros en la grada. Se les traspasa casi sin despeinarse, cegados por la necesidad inmediata de hacer caja, de ajustar balances económicos o de perseguir una clasificación europea a costa de liquidar nuestra propia identidad.

El Betis no es un fondo de inversión ni un club de negocios. Primar el dinero por encima del futbolista que lleva aquí toda la vida es un error histórico. Cuando conviertes la cantera en un simple producto de exportación, le estás arrancando al club su corazón.

Y lo peor no es solo que se vayan; lo peor es que muchas veces se señala o se critica al chaval que decide dar el paso. No podemos señalar a los chavales. Ellos son las víctimas de un fútbol moderno que devora sentimientos a precio de saldo. Si a un joven que siente el Betis le transmites que es prescindible y que su valor es meramente financiero, ¿con qué legitimidad se le puede exigir después una lealtad absoluta?

Ganar es importante, competir en Europa es un sueño y estar arriba nos hace felices a todos. Pero no a cualquier precio. De nada sirve llegar a lo más alto en una tabla si para conseguirlo nos convertimos en un club gris, plástico y sin alma.

El Betis es mucho más que un club, y es momento de recordar a quienes toman las decisiones que la verdadera grandeza de esta entidad no está en su cuenta bancaria, sino en la pasión de su gente y en el orgullo de ver a los nuestros defender la camiseta. Cuidemos la esencia, porque si perdemos el sentimiento, lo habremos perdido absolutamente todo.


Columna de opinión de Davi Meta ( @davimeta )