Hora de tragar veneno

La derrota ante el Atlético de Madrid dejará una herida que tardará en cicatrizar tras una noche fatídica en la que el Real Betis tampoco estuvo a la altura de su afición

El 5 de febrero de 2026 quedará como uno de los días negros en la carrera de Manuel Pellegrini al frente del Real Betis Balompié. Lejos de competir ante su gente, lo de ayer fue un absoluto despropósito que acabó con una nueva goleada esta temporada. Y ya van tres. Una cantidad que este Betis no puede permitirse si de verdad quiere ser tomado en serio en España.

Simplificar la derrota de ayer en un solo nombre sería injusto, sobre todo viendo cómo el Real Betis Balompié ni fue real, ni fue Betis. Aun así, tanto propios como extraños éramos conscientes del riesgo que Manuel Pellegrini tomaba alineando al tercer portero, con 39 años y sin ritmo competitivo por haber jugado tres partidos en la presente campaña. En cualquier caso, al chileno no le importó y abogó por la «gestión de vestuario», tarea en la que se desenvuelve excelentemente, buscando dar la sorpresa ante todo un Atlético de Madrid. Los colchoneros que, por cierto, han gastado nada más y nada menos que en torno a 60 millones en el mercado de invierno. Para sorpresa de nadie, el tiro le salió por la culata.

Pero, como digo, reducir la derrota de ayer a Adrián San Miguel sería improcedente, más viendo como los centrales béticos defendían a 30 metros de su portería a jugadores rápidos y con espacio como Ademola Lookman o Álex Baena. O incluso viendo como Marc Roca era incapaz de aguantar el ritmo del partido. También estaba en el campo Chimy Ávila, héroe de la anterior ronda copera, que en la más clara que tuvo el Real Betis en todo el partido se trastabilló con la pelota en lo que hubiera supuesto el 1-1. Y de todo ello tiene culpa Pellegrini porque, como todos sabemos, es el responsable en las debacles y un mero espectador en las alegrías (según algunos debates planteados en blanco o negro en redes).

El Real Betis tenía motivos para la ilusión. Más allá del engorilamiento difundido en redes sociales que llevó a casi 70000 almas a desafiar el temporal para animar a los suyos, una vez más sin premio, los verdiblancos tenían sobre el césped argumentos de sobra para plantar cara al Cholo. Por ejemplo, Antony, con una pubalgia que le tiene jugando a destellos a pesar de su gran compromiso, o Abde, cargadísimo de minutos. También estaba Pablo Fornals. Y Valentín. Pero, ni por esas. Porque los jugadores están agotados. Muchos minutos para tan poca rotación debido a una lista de bajas en las que se encuentran casi todos los pilares del equipo. Y porque la llamada Unidad B que casi nunca responde ante la exigencia.

Manuel Pellegrini metió la pata hasta el fondo con un planteamiento pobre. Muy pobre ante un equipo que mató al Betis al espacio. Y muy pobre tras un espectáculo de luces y ante una afición volcada que vio como su ilusión se hacía añicos con el pasar de los minutos.

Y la respuesta de algunos ante esto es pedir la cabeza del entrenador en mitad de una temporada que todavía puede acabar muy bien. Porque enero de 2025 la vida no estaba mejor en Heliópolis y ya sabemos como acabó. Y no, no es el miedo al cambio, es sensatez. Manuel Pellegrini se irá algún día y el Real Betis seguirá. Y este consejo de administración volverá a tomar una decisión por el bien del club con miras a seguir haciendo un Betis grande.

No se trata de pedir la cabeza de Manuel Pellegrini a la primera debacle ni de protegerle pase lo que pase. Se trata de entender el contexto sin usarlo como coartada. Porque el Real Betis ha crecido, y por tanto, han llegado nuevas exigencias. Pellegrini tiene crédito, y mucho. Pero noches como las de ayer no se pueden repetir sin consecuencias. Ni debe salir hoy ni debe salir mañana porque esa decisión implicaría no conocer ni al Real Betis ni a su realidad. Y pensar que todo vale mientras él esté es igual de peligroso.

Hoy toca tragar veneno. Pero también señalar que este equipo y su entrenador deben algo más. Porque este Betis y los béticos ya no están para escuchar palabrerías tras humillaciones, sino para exigir respuestas sobre el campo.